Los pinares segovianos que se extienden en torno a la localidad de
Navafría, en el piedemonte guadarrameño, constituyen un paraje de
excepción. A la vista quedan las miles de hectáreas de sus densos
pinares, auténtico tesoro cuidado con mimo por sus lugareños desde la
noche de los tiempos. Gracias a ese mimo, a la sabia explotación de
estos bosques, hoy puede disfrutarse de una de las mayores manchas de
pino silvestre de toda Europa. La riqueza silvícola que proporciona es
el motor de un elevado número de pueblos en una y otra vertiente de la
sierra.
Guarda esta apretada mancha forestal un lugar fresco y apetecible:
el área recreativa de El Chorro de Navafría. En medio de los pinares
que rodean esta localidad, perfectamente señalizado y a muy poca
distancia del pueblo, se descuelga el arroyo del Chorro por un largo
tobogán rocoso de varias decenas de metros. Desde su parte superior
hasta su base, el salto se escalona en varios tramos largos, a modo de
acuática escalera, proporcionando un espectáculo siempre reconfortante.
Recuperado del resuello al que fuerza la pronunciada pendiente, que
permite alcanzar la cascada en unos veinticinco minutos desde los
aparcamientos del área recreativa a la que da nombre, los más inquietos
pueden continuar la trepada. Unos toscos escalones de piedra
habilitados en uno de sus costados permiten ascender desde la poza
oscura en la que se precipitan las aguas, con ameno estruendo y
agitación, hasta el punto, en lo alto, desde donde se arranca la
pinariega cola de caballo. Sano ejercicio y satisfacción asegurada. La
desmadrada afluencia de visitantes que este lugar recibía en el pasado,
en épocas de asueto, llevó a la creación de esta área recreativa,
perfectamente ordenada y dotada de servicios, fuentes, barbacoas,
mesas, restaurante Pero, sin duda, la estrella, sobre todo cuando
aprieta bien fuerte el sol, son las diferentes piscinas naturales que
se han acondicionado en el lugar. Su uso y disfrute —de las piscinas y
de todo el entorno natural —conlleva pagar una entrada y tener que
dejar el coche en los aparcamientos muy bien sombreados por los
centenarios pinos.